Sonrisa de títere.

03 noviembre 2011


Hoy me observo perdida, igual que una minúscula hoja verde que vaga sin rumbo a expensas del viento. Me pregunto si tendrá fin este deambular; si llegará el día en que pueda detenerme en algún lugar cálido y acogedor; si podré recostarme sin miedo sobre la hierba fresca que cubre la mitad del mundo que en este aquí y ahora se me antoja lejana e inaccesible. Contemplo sus gráciles movimientos... todos parecen tan seguros.
Dicen que ellos son los muertos y que yo estoy viva, pero muchas veces me atenaza la duda. ¿Cuál es mi destino? ¿En qué lugar se halla el punto donde algún día me detendré? Es tan sencillo olvidar el ayer... Sin embargo, qué difícil resulta no pensar en un incierto mañana... A veces quisiera que mi alma estuviera muerta, como la de ellos; ser un ignorante de lengua atrevida y corazón engangrenado. De esa forma, siendo un sordo y un ciego, mi mundo sería más pequeño y ya no podría extraviarme en la grandeza de lo absoluto.
Recuerdo aquella hora en la que los miré a todos; uno a uno a los ojos, oscuros e impenetrables al igual que sus almas. Yo estaba cubierta de sangre y fluidos de vida, y mi cuerpo temblaba en manos ajenas y lloraba ante tanto ser marchito acechándome por doquier. Entonces comprendí. Había pasado de viva a muerta en solo unos intangibles segundos; ahora estaba aquí, en este lado, donde el velo del olvido envuelve las mentes cubriéndolas de hollín; y supe que tendría que sobrevivir a duras penas en este transitar absurdo. Decidí colocarme una amplia sonrisa de títere; de payaso alegre y corazón triste. Transformar los grises en espectros de iris; dar la mano en lugar de escupir; caminar erguida ignorando la fatiga de este correr por sendas tortuosas, y cantar en lugar de pregonar sollozos de perdedor.
Todo eso hice. Sí. Todo eso hice…
Hasta hoy.
Hoy, mi sonrisa oblicua ha tornado en su antagónica; el gris corroe mi espíritu dejando un rastro de negro espeso, y mis pasos se han rendido al temor. Mi yo se escapa adentrándose en la penumbra. Tanto tiempo quise retenerlo cerca de la zona iluminada… Pero este mundo de zombis te alcanza con sus zancadas de gigante hambriento.
Y yo,
hoy,
en este instante de incertidumbre, me detengo, entorno los párpados, observo el horizonte tras mi espalda, el corazón palpitando a un ritmo lento, monótono, ya sin fuerzas. Los miro a todos; uno a uno, como ya lo hiciera aquel día. Y me dispongo a caer en sus brazos; vencida; muerta; implorando. Arrodillada.
A sus pies.
Carol Munt ©
(Y como después de lo escrito no hay otra cosa que pueda animarme más que la insinuante y profunda voz de Edie Veder, ahí va... Por que "Yo soy Mía"... E irremediablemente inconstante...)

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