Todos tenemos nuestro particular "síndrome de Forrest Gump".

23 mayo 2013

Hace ya algún tiempo, estando yo con mi amiga P., le pregunté por su marido: "Oye, ¿cómo está D.?", le dije. Y ella me respondió: "Bien. Ahora le ha dado por hacer footing. Se pasa horas corriendo por la ciudad. No sé; si a él le gusta...". Entonces, yo le contesté: "Vaya, ya le ha dado el "síndrome de Forrest Gump". Bueno. Si él necesita correr; que corra".
Y es que en el fondo, todos tenemos nuestro particular "síndrome de Forrest Gump". Así es como yo llamo a aquellas actividades que realizamos cuando necesitamos huir de un "algo" que nos angustia. A muchos les da por hacer footing, cosa que no es de extrañar, ya que se trata de un ejercicio la mar de adictivo, debido sobre todo al chute de endorfinas (hormonas de la felicidad) que se vierte en el cuerpo. A otros les da por limpiar de manera compulsiva la casa hasta caer exhaustos; o por cambiar los muebles de lugar; o por pasarse horas y horas hablando por teléfono; otros se ponen reivindicativos, luchando así, cual Quijotes, contra molinos de viento... 
A mí me da(ba) por caminar y caminar y caminar o por ver películas de "ciencia ficción", supongo que con el fin de evadirme a otros mundos. Por que el objetivo principal de este síndrome es ese, la evasión, la huida de nosotros mismos al tiempo que vivimos en nosotros mismos, algo muy, muy complicado. Y es que, ¿cómo escapar de una angustia que procede de nuestro interior? Respuesta: No hay manera. Es imposible escapar del miedo; de esa voz que procede de un yo que no es nuestro yo pero que percibimos como tal. De esta forma, muchos tratamos de silenciarla, hablando más alto que ella o fingiendo que la dejamos atrás, que la ignoramos realizando actos de manera compulsiva. Hasta que, al fin, abandonamos la tarea por cansancio o aburrimiento, y nos damos cuenta de que la voz aún sigue ahí, de que la angustia y el temor persisten; de que nuestros gritos no han servido para acallarlos y nuestros pies no han sido lo suficientemente rápidos como para dejarlos atrás (nunca lo son). Y entonces, al tiempo, volvemos a repetir la tarea, con más ahínco, a ver si esta vez resulta. Y a veces, solo a veces, nos da por probar otra técnica, la técnica contraria, la de la escucha, la del silencio, la de la aceptación; y es cuando nos damos cuenta de que lo que creíamos una voz grave, como un rugido, no es más que un hilo de llanto que va desapareciendo poco a poco en la quietud del instante.


8 comentarios:

  1. Supongo que puede ser cierto. ¿comer puede entrar dentro de ese síndrome? Un abrazo

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    1. Pues yo diría que sí, el comer para olvidar...
      Abrazo fuerte, Ester. :-)

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    1. Eso es, Juan Antonio. El ruido del miedo...
      Abrazos. :-)

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  3. el problema son los días de lluvia, los que el cuerpo sólo pide mantita y en los que el calor ofrece otros brazos por los que salir corriendo

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    1. Puff! Esos sí que son malos días. Menos mal que siempre acaba por salir el sol ;-)
      Besos!!

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  4. No hay forma de huir. No sirve de nada. No queda más remedio que afrontar...

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    1. Es verdad. Afrontar es aceptar...
      Abrazo fuerte. :-)

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