Conversaciones conmigo misma...

07 diciembre 2013

El otro día tuve una conversación muy interesante conmigo misma mientras escribía mi tercera novela. No sé, tengo tendencia a las historias intimistas con un toque romántico y ciertos rasgos espirituales. Necesito decir algo más que un montón de palabras vacías; y supongo que esa necesidad me viene de-formación-profesional. Estudiar una carrera centrada en lo social a veces te abre la mente; te permite contemplar el mundo que te rodea desde otra perspectiva, sin juicios o valoraciones sin sentido. Y esta forma de mirar hace que comprendas el porqué de ciertas acciones, solo necesitas ponerte en la piel de los demás para entender su sufrimiento o su felicidad. Soy una persona divertida, me encanta reír, reírme de mí y con los demás (o al menos eso es lo que dicen los que me conocen), sin embargo, luego, en mis novelas, los personajes principales muestran el caos y el dolor como punto central en sus vidas. La melancolía, como diría alguien muy cercano a mí, se refleja en cada página de mis libros. Y sobre eso estuve pensando largo tiempo una vez acabado el octavo capítulo de (y seguramente sea el título definitivo del libro) "El punto medio del corazón". Y es que la vida no siempre es un camino de rosas, o sí, y son sus espinas las que suelen estar más presentes. Pero como cada espina que se clava en la piel, muchas veces es el propio cuerpo el que la expulsa, solo hay que tener paciencia y dejar que la naturaleza siga su curso. No existe la luz sin oscuridad y viceversa. Y eso es lo que trato de explicar a aquellos que se extrañan de que una mujer que suele sonreír de forma perenne, luego exponga a sus personajes al drama de una manera tan vehemente. Pero, ¿de dónde si no va a surgir al final la felicidad? ¿De qué forma mis personajes van a poder ver la luz tras la oscuridad si no hay oscuridad antes?


En fin... nada; son solo algunos pensamientos al respecto. 
Solo eso. Nada más.

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