Buscando el punto medio de las emociones a la hora de escribir.

08 diciembre 2014

Recuerdo la primera vez que comencé a leer "Cumbres borrascosas". Fue hace algunos años, en la casa del pueblo, bajo una manta y tomando un buen chocolate caliente. Llevados ya algunos capítulos me di cuenta de una verdad inmutable: Emily Brontë escribía de maravilla. "Yo quiero escribir como ella", me dije. ¿Y por qué? Porque tenía la extraordinaria capacidad de ser mujer y no dejarse llevar por las emociones profundas a la hora de escribir; y sin embargo ahí estaban, perfectas, en su justa medida. El amor, el odio, la tristeza... Era, lo que algunos dirían ahora, una novela que bien podría haber sido escrita por un hombre. Claro que, en este mundo, no se puede generalizar, pues más de una vez me he topado con novelas escritas por hombres cuyo dulzor supera los límites de lo permitido. Así que... ¿cómo evitarlo? ¿Cómo llegar a equilibrar las emociones en las escenas más sensibles de una novela? ¿Cómo aunar en nosotros la objetividad y sencillez de muchos escritores masculinos con la desbordante emotividad que plasman algunas mujeres en sus obras? Después de mucho pensar creo que la respuesta se encuentra en el "Autocontrol" y en el "autoconocimiento". Pero no es fácil; nada fácil. Más de una vez me ha ocurrido que, al estar leyendo una novela, he tenido que parar en una determinada escena porque me parecía demasiado estereotipada y edulcorada. Con frases que en la vida real nadie diría y actos que casi nunca ocurren. Entonces exclamas:¡No, no, no...Por qué!". Aunque claro, una cosa es ser lector y otra muy distinta es ser escritor. Y es que cuando te encuentras frente al ordenador desarrollando lo que sería el momento álgido del encuentro amoroso de nuestra pareja protagonista, estás tan absorbido por la escena (a mí me ha pasado) que tu hemisferio derecho del cerebro empieza a cobrar vida propia anulando cualquier atisbo de autocontrol. Entonces exclamas ferviente mientras aporreas el teclado: "¡Sí, sí, sí...Esto es genial!". Luego, meses después, cuando relees el primer borrador te das cuenta de que lo que te parecía genial es una auténtica porquería. (Es por ello, que es siempre necesario dejar nuestra obra recién escrita descansar en un cajón durante un tiempo no menor a tres meses para revisarla luego en profundidad). La buena noticia es que el autocontrol se adquiere con la práctica (y con la buena lectura). Otra cosa bien distinta es el autoconocimiento. Cuanto más te conozcas a ti mismo, más sencillo será que puedas conocer y entender a los demás, y por lo tanto a tus personajes. De esta forma será más fácil descubrir matices emocionales que antes no podías ver, y es que la tristeza no es solo tristeza; puede o no haber dolor. Puedes llorar de tristeza y también puede darte un ataque de risa por ella. Hay quien grita y patalea, otros, sin embargo, se quedan absortos, paralizados. Son pocas las emociones pero infinitas sus manifestaciones. Teniendo esto en cuenta y con el autocontrol bien anclado en nuestro interior, es posible escribir una buena escena donde las emociones se muestren en su justa medida sin llegar a abrumar al lector. Pero, lo dicho, no es tarea fácil, y más cuando el escritor o escritora es de carácter sensible y demasiado emotivo en sus exposiciones (una servidora). Sin embargo, todo es posible con una buena dosis de realismo y de "visión mosca".

Un fuerte abrazo a tod@s y... hasta la próxima :)


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