PRIMER CAPÍTULO: "EL PUNTO MEDIO DEL CORAZÓN"

14 julio 2015




«Algo va mal», pensé. Y un frío intenso estremeció mi cuerpo. Las últimas noches había estado soñando con enormes olas de color rojizo que me engullían arrastrándome hacia un abismo oscuro. Extraños seres se acercaban a mí mostrando sus fauces; rugían y sacaban la lengua. Parecían disfrutar de la presa antes de saciarse con su carne. Mi carne... «Lleva tres días lloviendo», me dije mientras observaba abstraída los cielos anaranjados de Madrid. De pie, frente al ventanal, podía verse un pedazo de firmamento cuyos márgenes se diluían en el horizonte engullidos por un gris plomizo, coloreando así las azoteas visibles de las viviendas. Era de madrugada y caía una fina lluvia sobre la ciudad. Contemplé las pequeñas gotas que con ligereza recorrían el cristal atrapadas por la gravedad y se posaban en el alféizar acompañando a otras en su chapoteo. «Tres días», repetí. Tres días con sus tres noches en los que cada vez que trataba de conciliar el sueño las mismas imágenes aparecían en mi subconsciente provocándome un repentino despertar. Eché un vistazo a la habitación; se hallaba casi en penumbra, iluminada solo por la tenue luz de las farolas al otro lado de los cristales. En breve amanecería, y tendría entonces que apartar de mi mente cualquier pensamiento pesimista, el entumecimiento de los músculos, el dolor de espalda, la maldita hinchazón de mis tobillos… Me tumbé de nuevo sobre la cama con la esperanza de que todos aquellos males se disiparan. Mis ojos, negados a cerrarse, se centraron en la zona más amplia de mi cuerpo. Así, tumbada como estaba, boca arriba sobre el colchón, mi abultado vientre me impedía cualquier visión del cuerpo más allá del ombligo; transformado este en una pequeña prominencia en el centro justo de mi estómago; cuya apariencia con el paso de los meses se había ido convirtiendo en una auténtica atracción para los sentidos. Sí, en unas horas alcanzaría la semana treinta y dos de gestación. Solo un par de meses restaban para tener a Luca enganchado a mi pecho, mirándome con ojos de bondad infinita. Lo necesitaba. Necesitaba a ese pequeño ser viviendo y respirando junto a mí. Fuera de mí. Poder observar su cara, tocarle con suavidad sus diminutos pies perfectos. Él sería mi auténtica felicidad. Una grata emoción que en un principio me costó encontrar. Me vinieron a la mente las primeras semanas; aquellos días en los que mi ánimo se debatía entre el derecho y el deber. Entre la soledad y la responsabilidad. No había sido un embarazo buscado. Con solo veinticinco años tener un hijo sin más compañía que una misma jamás había entrado en mis planes. Mi vida sentimental hasta el día de «la gran revelación» había sido cualquier cosa menos estable. Un puñado de relaciones sin demasiada complejidad, y tan faltas de amor como reducidas en el tiempo. Algo que no condicionó en absoluto el hecho de saber sin ningún género de duda quién había sido el colaborador directo y parte responsable de mi estado. André, un joven bohemio más dado a inspirar ciertas hierbas alucinógenas que a emplear su tiempo en, según él decía, su pasión: los juegos malabares. Y la verdad, tanto uno como otro me parecieron siempre una forma poco eficaz de escapar de este mundo. Conocí a André una calurosa noche de abril, a las puertas de un bar cutre del centro, muy de moda entre los adeptos al buen Gin Tonic. Los dos fumábamos de manera compulsiva, ansiosos por aplacar los deseos de nicotina y regresar de nuevo a las conversaciones entre tragos y bailes. Nosotros pasamos por alto esta última pretensión, y terminamos enredados en la cama de su apartamento. Poco recuerdo ya de aquella primera noche a excepción del sudor y los sofocos. Y del amanecer con olor a alcohol en la piel. Tampoco fueron muchas más, quizá una docena de veces repartidas en casi cuatro meses en las que siempre recorría el ambiente cierto tufo a conformismo y depresión. Poco hablábamos de casi nada; puede que alguna mañana hiciéramos algún comentario sobre cierta noticia ya tardía o que de forma esporádica nos diera por alabar las virtudes del café. No había amor ni amistad. Tampoco existía confianza ni relación más allá de lo puramente sexual. Únicamente conocí de André el colchón desplumado de su habitación, su cuerpo de aspecto famélico y alguna que otra idea extraña y delirante que en momentos puntuales dejaba escapar como si de su boca salieran las palabras de un genio loco. Pero no lo era; al menos lo primero. El caso fue que tras algunas náuseas matutinas mis sospechas se convirtieron en hechos tangibles e irrefutables. Cuatro test de embarazo sirvieron como prueba fidedigna de ello. Luego vino de manera irremediable el pánico, las dudas, el mal humor, los despistes, la negación; dejar pasar aquel suceso como si de una gripe se tratara. Cada día, a cada momento me palpaba el vientre o descubría mi cuerpo frente al espejo para cerciorarme de que el indeseable inquilino no mostraba señales de vida. Todo en vano, por supuesto. Luca, mi Luca no tenía intención alguna de marcharse a ningún otro lugar. Fue entonces cuando decidí compartir mi angustia con André. Y André respondió de la misma forma en la que solía responder ante hechos de gran trascendencia y seriedad: fumándose un porro en silencio antes de desaparecer como si el mundo real no fuera con él. En un principio maquiné en mi mente toda clase de insultos y perversas venganzas; hasta que un día comprendí que su compañía habría sido perjudicial para mi salud y la del futuro bebé. Él no hubiera sido un buen padre, y con aquella conclusión calmé mi ansiedad. Algunas voces de mi entorno se alzaron, aconsejándome que me deshiciera de lo que ellos creían un auténtico problema. No les faltaba razón. Trabajar durante ocho horas seis días a la semana sirviendo desayunos y platos combinados no era un empleo lo suficientemente bien remunerado como para hacer frente a los gastos de un hijo; y más teniendo en cuenta que la mayor parte del dinero se me escapaba de las manos antes de finalizar siquiera la primera semana del mes en pagar el alquiler y las facturas. Lo sopesé todo. Y en ese intervalo de pros y contras no me di cuenta de que el tiempo había seguido su curso sin mostrar consideración alguna hacia mí. Las opciones se redujeron a una. El destino ya había sido escrito y rubricado gracias a las dudas. Y así, como ya he dicho, en unas horas llegaría al séptimo mes de embarazo.
Descansé las manos sobre el vientre; luego lo acaricié, casi sin rozarlo. Me gustaba pensar que él podía sentir los sutiles escalofríos al igual que yo. «Luca», musité, y el viento pareció responder con un envolvente silbido. «Todo irá bien —dije—. Yo cuidaré de ti. Los dos. Solo los dos. No necesitamos a nadie más». En el fondo no estaba tan segura. Podía repetir sin cesar aquellas palabras, tratar de convencerme disfrazando la realidad con mi imaginación; pero yo sabía que un bebé requería una serie de cuidados a los que quizá no pudiera hacer frente. Los gastos en alimentación, pañales, ropa, medicinas… Es cierto que lo más costoso, como la cuna y el cochecito, ya lo había conseguido gracias a la buena voluntad de un par de vecinas. Pero no solo se trataba de eso, después de la baja maternal no tendría más remedio que llevar a Luca a la guardería, y aunque ciertas personas ya me habían comentado las facilidades que en los Servicios Sociales daban a las madres solteras, no podía dejar de inquietarme por ello. En esos pensamientos me encontraba enfrascada cuando sentí un dolor agudo que recorrió mi abdomen, irradiándose hacia la espalda y los muslos. Contuve el aliento. Según el ginecólogo, llegada la semana treinta y dos era probable que notara alguna que otra sacudida. «Algo normal», dijo. Al parecer, el útero estaba comenzando a prepararse para el gran día; y solo debía alarmarme si las contracciones se repetían con frecuencia en un corto espacio de tiempo. Aquella había sido la segunda en menos de una hora. La primera había sido la responsable de mi súbito malestar. Decidí no moverme; permanecer tumbada y tratar de relajarme. Probé unas cuantas cosas; repetí la frase «no es nada» infinidad de veces, igual que si fuera un mantra. También recé al vacío, supliqué con más miedo que fe que no fuera más que un simple susto. La penumbra comenzó a asfixiarme y en un acto de heroicidad alargué mi cuerpo hasta dar con el interruptor de la pequeña lámpara situada sobre la mesita de noche. Lo accioné y una luz macilenta hizo visible parte de la habitación, alumbrando de igual modo mi cuerpo. Un sudor frío me impregnaba el cuello y la frente, mi respiración se tornó irregular, un nudo espeso se había instalado en mi garganta. Entonces ocurrió de nuevo. Un dolor diferente. Esta vez sí dejé escapar un grito ahogado. Contraje el cuerpo, dejándolo así en un mudo balanceo. Tardé unos segundos en reaccionar, en soltar el aire que había quedado atrapado en mis pulmones; tras él también llegó un sollozo, seco e irremediable. Me incorporé guiada por el instinto, sin fuerzas, temblorosa, y la visión que obtuve al erguir mi espalda fue demoledora. Una irregular mancha de sangre se extendía poco a poco sobre las sábanas, igual que una imagen apocalíptica. No lo dudé un segundo. Ignoré cualquier aviso de contención expresado por mi intelecto y me lancé en busca del móvil. Con andares imprecisos conseguí llegar hasta la entrada, allí se encontraba mi bolso, colgado de un gancho en la pared. Rebusqué en su interior. Un bolso demasiado grande, repleto de inútiles cachivaches. «¿Dónde estás?», gruñí. Unos momentos de agonía en los que consideré salir al descansillo y llamar a la puerta de mi vecina de enfrente; aunque quizá estuviera fuera, pasando el fin de semana con alguno de sus hijos. Podría bajar a la calle y parar un taxi, llegaría con rapidez al hospital. Finalmente di con el teléfono. Volví sobre mis pasos al tiempo que marcaba el número de emergencias con dedos temblorosos; tras el segundo tono una voz de mujer surgió al otro lado. Mis indicaciones fueron precisas: «Estoy embarazada de siete meses; tengo contracciones y estoy sangrando mucho». «Quizá demasiado», pensé. Luego me hicieron algunas preguntas. «Estoy sola. Estoy completamente sola. Nadie puede llevarme al hospital», respondí. La ambulancia no tardaría más de diez minutos en llegar. Empleé solo cinco en meter en una bolsa algunos enseres personales, un par de mudas, un camisón. Reparé en los pantalones del pijama que llevaba puestos; a la altura del pubis y propagándose por la cara interna de los muslos el color azul del algodón se había tornado en un morado oscuro. Nada podía hacer. Me colgué el bolso al hombro y fui hacia el portal. Sentí que la vista se me cubría de una realidad confusa. Tomé la pared como punto de apoyo; tenía frío. Me di cuenta de que no me había puesto el abrigo y me maldije por ello. Descendí las escaleras y una vez abajo pude oír las sirenas a lo lejos, como si fueran para cualquier otro excepto para mí. Luego vi las luces, electrizantes; iluminando el amanecer con su vehemencia. No sin esfuerzo conseguí abrir la puerta y ya en la acera, presa de una extrema debilidad me dejé caer sobre los brazos de los sanitarios, como si ese acto fuera el último que pudiera mantenerme con vida.

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