• PRIMEROS CAPÍTULOS

LA PROMESA 
(Diez primeras páginas)


Jueves, 27 de septiembre de 2007

La voz precisa y melancólica de Beck Hansen entonando su Lost cause surgió de los altavoces para inundar los espacios vacíos en torno a Samuel. Desde que escuchó la canción por primera vez supo que poseía ese halo de magnificencia que acompaña a toda genialidad. Es una chispa, un poso de energía que queda mimetizado por siempre en toda creación que lo precie. Transcurridos los primeros compases un regusto agridulce se instaló en su estómago. Jamás, hasta ahora, había tenido la ocasión de sentir en su propia piel el triste significado de aquella letra. Las causas perdidas no estaban hechas para su condescendiente forma de ser, y abandonar, por muy complicado que fuera el asunto, no era la mejor forma de abordar los problemas. 

La canción aún no había llegado a su fin cuando decidió detener el coche a un lado de la carretera con el objeto de prestar mayor atención a su contenido. «¿Por qué haremos de lo más simple algo tan complicado?», se dijo. Luego, fijó la mirada al frente tratando de hallar un atisbo de luz. Imposible.  La intensa lluvia caía a borbotones sobre las lunas empañadas y la negrura de la noche impedía ver más allá del asfalto tenuemente iluminado por los faros.
Ningún otro conductor transitaba por aquel camino sinuoso.
Concluida la actuación apagó la radio y perduró el silencio salpicado por el continuo repiqueteo del agua. Y allí, en una nada que lo inundaba todo, la imagen de Ángela llegó a su mente igual que una figura aislada y estática que aparece en el centro de una oquedad inmensa. 





Y LAO TSE BAJÓ DE LOS CIELOS
(Primer Capítulo)

UN VACÍO COLMADO DE INFINITAS POSIBILIDADES


El cielo caía a fuego enmarcado por bloques de hormigón ennegrecidos al contraste. Oscuras figuras geométricas sobre haces horizontales de luz crepuscular iban perdiendo lentamente su fisonomía, engullida por las sombras de un sol en segundos inexistente. Una gota de resplandor hundiéndose en el firmamento, rindiéndose a los pies de la bóveda nocturna aún embellecida por ráfagas purpúreas, atravesada en su plenitud por bandadas de pájaros piando en la penumbra a la hora del gourmet. Vuelos, pájaros y fuegos desvaneciéndose entre la negrura, que despertaba así de su letargo iluminada por motas lejanas de rojos, verdes y amarillos. Se hizo el silencio, y lo artificial se apoderó de la ciudad; avenidas vestidas con serpenteantes destellos; carteles vibrando en neones relucientes; farolas cayendo de forma abominable sobre el asfalto. Todo al ras del suelo, oteado desde la lejanía; y por encima de ello, lo efímero; lo bello; las estrellas; la Vía Láctea. La verdad.

—Ayer estuve pensando en Víctor —dijo Claudia rompiendo la sonora quietud; repasando con inquietos dedos el dobladillo ya deshilachado de su nuevo vestido—. ¿Te acuerdas de él? Yo a veces lo hago. Me da por pensar en cómo hubiera sido su vida si esa maldita enfermedad no se la hubiera arruinado. Ahí empezó todo. ¿Te acuerdas, Bruce? En su entierro. Aquel día hacía un sol radiante. El cielo estaba completamente despejado y los pájaros sobrevolaban nuestras cabezas como si nada fuera con ellos. Qué ironía… tanta belleza para un día tan triste. Y ahí estábamos, con las miradas bajas; llorando. Yo no suelo llorar en los entierros. Pero aquel día no sé qué me pasó. No podía dejar de mirar el hueco escavado de la tumba. Ese fondo húmedo me daba escalofríos. Me pregunto qué sentiría. ¿Tú qué crees? Ya sabes… ser consciente de que vas a morir, cuando aún tienes toda la vida por delante. ¿Sabes que tenía intención de casarse? Tuvo que ser horrible para ella. Al fin y al cabo, él ya no está. ¿Crees que sufrió? Dicen que los últimos días no te enteras de nada, por la morfina. Eso dicen. Pero yo no sé qué pensar…






EL PUNTO MEDIO DEL CORAZÓN
(Primer Capítulo)


~ 1 ~

«Algo va mal», pensé. Y un frío intenso estremeció mi cuerpo. Las últimas noches había estado soñando con enormes olas de color rojizo que me engullían arrastrándome hacia un abismo oscuro. Extraños seres se acercaban a mí mostrando sus fauces; rugían y sacaban la lengua. Parecían disfrutar de la presa antes de saciarse con su carne. Mi carne... «Lleva tres días lloviendo», me dije mientras observaba abstraída los cielos anaranjados de Madrid. De pie, frente al ventanal, podía verse un pedazo de firmamento cuyos márgenes se diluían en el horizonte,  engullidos por un gris plomizo, coloreando así las azoteas visibles de las viviendas. Era de madrugada y caía una fina lluvia sobre la ciudad. Contemplé las pequeñas gotas que con ligereza recorrían el cristal atrapadas por la gravedad y se posaban en el alféizar acompañando a otras en su chapoteo. «Tres días», repetí. Tres días con sus tres noches en los que cada vez que trataba de conciliar el sueño las mismas imágenes aparecían en mi subconsciente provocándome un repentino despertar. Eché un vistazo a la habitación; se hallaba casi en penumbra, iluminada solo por la tenue luz de las farolas al otro lado de los cristales. En breve amanecería, y tendría entonces que apartar de mi mente cualquier pensamiento pesimista, el entumecimiento de los músculos, el dolor de espalda, la maldita hinchazón de mis tobillos…Me tumbé de nuevo sobre la cama con la esperanza de que todos aquellos males se disiparan. Mis ojos, negados a cerrarse, se centraron en la zona más amplia de mi cuerpo. 

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